Retorno
La pregunta cayó en el centro de la mesa con el mismo sonido
mineral con que se depositan las monedas sobre los párpados del fallecido para
acompañarlo en su viaje: ¿Quién te
hubiera gustado ser? Evidentemente no esperaba que la conversación tomara
ese rumbo
La respuesta vino a los labios con la velocidad de las
certezas que te cubren el rostro al menor descuido, que agazapadas esperan el
momento exacto para dejar una cicatriz en la memoria:
A mí, a mí me hubiera gustado ser ese a quien ella miraba.
Porque si bien es en los ojos del otro donde encontramos lo
que somos, hay miradas que reflejan no la realidad del instante, sino la
posibilidad del mañana, tal y como podríamos ser. Cargados los hombros por las
expectativas y deseos del otro, por quien creen que podemos ser más que por lo
que uno es. De ser alguien, me gustaría ser ese que se reflejaba en su mirada,
hace muchos años ya.
Ser ese en el que ella creía y nunca he sido, que nunca
seré.
Entonces regresé al sitio donde alguna vez pude ser otro. Lo
intenté a pesar del conocimiento de que para el retorno sólo hay dos
condiciones posibles: regresar derrotado o volver dispuesto a ser vencido, una
vez más. Creí que para el retorno era algo posible distinto al fracaso.
En un primer instante me dejé consumir por la soberbia al
pensar que todo había cambiado por el simple hecho de que ya no estaba ahí,
como si el tiempo se hubiera ensañado sólo por mi ausencia, como si en un
descuido, apenas una vuelta del rostro, los años cayeran ruinosos sobre todo
aquello que amé.
Me quedé mucho tiempo, demasiado quizá, parado ante la que
había sido mi ventana: yo viví aquí y tuve la oportunidad de ser distinto,
repetí a manera de conjuro, con el ansia secreta de que el hechizo desvaneciera
los letreros de clausurado, deshiciera el desastre que ocupaba el edificio
donde alguna vez en tus ojos me reflejé de manera distinta y me apuraste a
subir las escaleras para hacer el amor, donde me acariciaste, donde acariciaste
a ese que pude ser y hoy estoy buscando.
Busqué en esas ruinas y el acecho sólo sabía de una palabra:
aquí.
Aquí hicimos el amor sin importar que las ventanas no
tuvieran cortinas, evadiendo las miradas en escándalo de los vecinos.
Aquí el deseo tomaba forma, un juego de esconder y hallar en
que las miradas eran las claves que permitían descifrar el mínimo gesto.
Aquí fue la esquina donde nos ocultamos del mundo. Recostada
sobre la duela una noche escribiste unas líneas que no alcancé a leer.
Aquí nos enredamos en una conversación para sostener el
mundo, con la certeza de que la destrucción de todas las cosas sucedería de
rendirnos al silencio.
Aquí bajo una silla depositamos el desaliento con que nos
cargaba la espalda la vida diaria para someternos al cansancio de descubrirnos,
las manos elaboraban cartografías de la novedad sobre nuestras pieles
recorridas una y otra vez, pero sobre todo aquí se nos llenó la boca con
palabras imposibles, declaramos “para siempre” sobre estas ruinas.
Un hombre me hace a un lado para poder entrar a eso que yo
miraba como ruinas, lo reconocí de inmediato, súbita, la idea de que me dejara
pasar, mirar desde dentro el sitio en que habíamos sido, ahí donde me miraste
como hoy quería ser. Lo detuve, enseguida la sonrisa que dice: “soy yo”. En sus
ojos la respuesta inmediata, la sorpresa, un “¿quién eres? que no dejaba lugar
a dudas, no me reconocía.
Abandoné el esfuerzo, pregunté cualquier cosa, las señas
para hallar una calle y lo dejé que se fuera pensándome turista.
Le di la espalda a la ventana, a medida que me iba alejando
de ella me vino a la mente un poema de Cavafis [Ten siempre a Itaca en tu mente. /Llegar allí es tu destino. /Mas no
apresures nunca el viaje. /Mejor que dure muchos años /y atracar, viejo ya, en
la isla, /enriquecido de cuanto ganaste en el camino /sin aguantar a que Itaca
te enriquezca]. Con esas líneas de Cavafis, comprendí cabalmente el sonido
mineral con que cayó sobre la mesa la pregunta que me trajo de vuelta: ¿quién
te hubiera gustado ser?
De espaldas, alejándome del sitio donde pensé que hallaría
la posibilidad de ser ese al que con tanto amor miraron alguna vez, confirmé
que la respuesta primera era correcta: me hubiera gustado ser el que estuvo en
tus ojos. Como la única posibilidad del retorno es la pérdida, preferí el
naufragio, que como al edificio donde alguna vez, todo, todo lo desmoronara el
olvido, para así tener una posibilidad distinta, para así ser capaz de
construir otros Aquí, donde sea posible que suceda de nueva cuenta el prodigio
de ser mirado por el otro como puedo ser y no como soy.
Por ahora, lo único que está en mis manos, es contarlo…
[Intenté, como Cecilia Eudave en su columna Qué sabe nadie (guardagujas 65), un
retorno al lugar en que crecí, al bloque de construcciones que durante mucho
tiempo representó el mundo posible, salió espuma. No se regresa indemne de la
memoria, tuve esa certeza, acompañada de otra que comparto públicamente: quien
es capaz de descubrir en los detalles el fulgor del milagro no puede dejar de
escribir, aunque no debiera contarlo, aunque duela, a pesar de todo, no se
puede abandonar la escritura; entonces Cecilia, a escribir].
Publicado en guardagujas 66 (Noviembre 2012)

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